Debe existir alguna razón por la que tú y yo seguimos senderos diferentes y acabamos llegando a los mismos andenes, los mismos puertos, los mismos rincones que el otro visitó a destiempo (o tal vez al mismo tiempo, sin presentirlo). Avanzamos despacito por las palabras en forma de laberinto de Murakami sin saber que el otro había estado o estaba por llegar. Abrimos las ventanas para que entrara como una ráfaga la poesía de Sabines y empaparnos de su ritmo y su costumbre, de su forma de decir como si nada, como si fuera fácil. Seguramente hay más puertos en los que hemos estado a punto de darnos de bruces sin saberlo. Es una pena que no dejáramos algo, una bandera, un papelito arrugado que nos sirviera de pista para sabernos sobre los mismos pasos. Ese mismo papelito, robado a Julio, que dice “Siempre fuiste mi espejo, quiero decir que para verme tenía que mirarte”.