Ya no duele.
Sólo queda una cicatriz

delgada como un hilo.
Y yo ya no me invento
las palabras
como hacíamos tú y yo
cuando era invierno.
Ya no lleno el vacío
con ruido de cisternas
ni tropiezo con tu nombre
debajo del colchón,
ni me acurruco
en el lado izquierdo del sofá
y no me doy derecho
a perderme en Cortázar.

Se posó sobre mis hombros

un pájaro de olvido

y ya no tengo miedo

de la noche.
Cierro los ojos

y tú desapareces