Y está claro que no, no es fácil desprenderme de tu recuerdo. Y justo hoy pensé en ti. Me vino a la memoria aquel día que compartimos frente a una mesa de un café con nombre de libro de Cortázar (y yo aún no sabía lo que era Julio para ti), con una bolsa de regalices en la mano que te di a cambio de tu cajetilla de tabaco (esa que guardé para recordarte y aún conservo) para evitar que fumaras y beberme el humo de tus labios y la otra aferrada fuertemente a la mía, como si temieras que un día no fuera a estar allí (ya ves que no te equivocabas). Me pregunto cuánto recuerdas, con tu memoria frágil, de aquella conversación, de las primeras miradas que yo tejí en tus ojos, de las sonrisas nerviosas de mi boca sobre ti. Aquel día tú me decías que querías bucear para siempre en mi retina, esa pequeña laguna a la que sólo tú pusiste nombre. Toda aquella tarde no dejaste de mirar cómo reflejaban mis ojos la tenue luz de aquella lámpara en la pared de piedra que nos rodeaba (todo el bar era tenue). No agotes tu risa, me soltabas de improviso… y yo reía. Decías menos mal que es octubre y hemos vuelto a encontrarnos, mi casa estaba demasiado vacía sin ti y aún no he descubierto cómo llenarla cuando faltas, ni siquiera sé si existe una forma de llenarla.

Y sí, era octubre. Hace ahora mil años. Hace tanto tiempo que ya no recuerdo qué llevabas puesto y, sin embargo, aún podría nombrar de memoria todos los lunares de tu espalda. No, no es sencillo desvestirme de ti sin que me duela la piel y no sé si alguno de estos días aprenderé a olvidarte (pero aún no me he cansado de intentarlo).