Quise beberme a sorbos

tu mirada aquella noche,

perderme en ti,

resguardarme en ti,

ponerme de puntillas

para tocar levemente tus labios

(ese gesto aprendido que te hacía reír),

acallar la incómoda certeza

de que ibas a dejarme.

Quise decirte tantas cosas,

algo como hoy hace frío,

quédate un día más

o más bien gritarte,

llamarte cobarde y aún así

quitar las telarañas de tu boca.

Pero no hice nada.

Me atrapó el miedo

y me quedé quieta

empapándome de lluvia,

viéndote marchar

con la insolencia propia

del que sabe que no va a regresar.