Besos: retazos de una historia (mi parte del juego)
Con 25 años uno no se siente viejo, pero tampoco demasiado joven. En tal caso se siente un poco perdido entre la línea fina que separa la adolescencia de la madurez. Y así se sentía Carlos. Había conseguido un trabajo en un pequeño taller de restauración, en Toledo. No tenía tiempo para nada, salvo para pensar en ella. Ahora recordaba la vida en el pueblo con algo de nostalgia y las cartas que Concepción le escribió durante aquel año interminable en la mili, si no hubiera sido por esas cartas y el recuerdo de sus ojos tristes, él no lo habría soportado. Ahora las cartas se habían ido espaciando con el tiempo, como ellos, una cada dos o tres meses o algunas veces más, y no daban apenas para saber de ambos. Recordaba también aquel instante justo en que estuvo a un paso de su boca, cuando estuvo a punto de besarla delante de todo el mundo, justo antes de coger aquel tren que les separaría por más tiempo del previsto (después vendrían los años de Universidad en Madrid, lejos de ella), cuando la alzó en brazos, tan menuda ella. Pero no se atrevió y guardó de nuevo aquel ansiado beso en el borde de sus labios. Carlos la había querido desde muy niño, sin saberlo, porque cuando tiene 12 años no sabe amar, no demasiado. Y ahora que duplicaba la edad de entonces sólo quería perderse en el olor a naranjas de su cuerpo.
Escribió con letra clara sobre el CD pirata que acababa de grabar. Era para ella. Guardaba esa canción que él tarareaba sin descanso, la de Leonardo Cohen, la del poema de Lorca, la que se había aprendido de memoria, a pesar de no saber inglés, la que le había cantado bajito aquel día que se perdieron de los demás en los bosques del pubelo, tomados de la mano, la que, le susurró al oído, algún día bailaría con ella (de eso estaba seguro), toma este vals, que se muere en mis brazos… Lo guardó en un bolsillo y salió a pasear bajo aquella lluvia de verano. La vio de lejos. Con el alma en la boca corrió a su encuentro y le siguió los pasos, sin que ella se diera cuenta durante un instante breve. Cuando giró la cabeza, Concepción se encontró con la sonrisa ancha de Carlos esperándola. Se besaron en las mejillas y frente a dos tazas de café hablaron durante un par de horas de su vida en los últimos seis años. En realidad, mientras Carlos se perdía en aquellos ojos que seguían siendo tristes, era Concepción la que le contaba, de su trabajo en la tienda de sus padres, del vacío que sintió durante los años que él pasó en Madrid estudiando, de cómo se rompió su esperanza de verle regresar una vez acabada la carrera, de aquella vez que sintió la imperiosa necesidad de ir a verle a Toledo, pero se calló las ganas y las dejó pasar, como una tormenta.
Carlos la escuchaba y se dolía, se moría por besarla y entonces ella le habló de las tardes monótonas de casi todos los sábados, de la depresión iniciada aquellos años, del grupo de teatro (pasión de ambos) que le había curado la monotonía y de Alfonso. Alfonso era de la pandilla, alto, pálido, desgarbado, un tanto excéntrico, un tanto loco, pero extrovertido, adorable, y además compartían también esa pasión común por el teatro. Podía entender por qué Concepción se había enamorado de él. Porque se había enamorado.
Carlos sintió cómo se le arrugaba el alma oyéndola hablar. Y se calló todas las palabras que ya nunca le diría, el te quiero que llevaba todavía escrito en sus labios, sólo le dijo, sin sonar demasiado convincente, cuánto me alegro por ti y apuró su taza de café, aún intacta sobre la mesa, se deshizo en excusas y estuvo a punto de irse sin darle aquel CD de su bolsillo, pero se lo tendió justo antes de abandonar la mesa en la que estaban sentados, con una nota en la que venía la canción-poema traducida del inglés. Ella le miró con cara de sorpresa, con las cejas arqueadas, pero no dijo nada, sonrío y murmuró algo así como espero volver a verte y le miró con esos ojos donde se leía todo lo que en silencio callaba (los inmensos ojos transparentes de Concepción). Carlos huyó su mirada, pero se quedó observándola a través del cristal, sin serviste, mientras ella daba vueltas al CD entre sus manos y sintió que hubiera dado lo que fuera por amarrarse de nuevo a sus manos. Pero no volvió sobre sus pasos.
Al día siguiente regresó a Toledo para no tener que volver a verla, para olvidarla como fuera, para no inmiscuirse en esa nueva vida de la que ella le hablaba. Voy a dejar que sea feliz, se dijo, y encerró su pasado en una caja, sus cartas, el disco de Leonard Cohen y su escaso conocimiento del inglés.










los-cuatrocientos-golpes dijo
... ... ... ... ...
Sin palabras...
Me dejaste sin aliento... Eso no lo sabía...
¿Ves como los personajes solo pertenecen a quien los lee...? Gracias por hacer mi mediocre historia, mucho mas grande, mucho más hermosa, mucho mas triste... creo que no me equivoqué al proponertelo...
Me encantó (aunque, ante la belleza de tu historia -¿puedo decir "nuestra"?-, no hago más que sentirme más chiquito... más mediocre...).
En el correo te dejaré las ideas que tengo para "nuestro proyecto", pero me das miedo... jejejejeje... Tu al Planeta, yo, tercer premio de redacción de Robledillos del Condado...
BESOS caleidoscópicos... como un "trencadís" de Gaudí...
21 Mayo 2008 | 09:36 AM