Las palabras que fuiste dejando
como hormiguitas
sobre la almohada
deambulan ahora
profiriendo amenazas
por este cruel destierro
de tu boca.
(No las culpes. A mí
que tengo entendimiento
me ocurre algo similar).
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Extrañas las palabras,
los versos enlazados
escritos en papeles
al salir de las clases.
Añoras la primera mirada
el abismo de la primera mirada
y buscar caracolas en los labios
y sus manos como pájaros
desordenando el negro de tu pelo
y la rúa, malibú, la estación
donde siempre la esperabas.
Echas de menos la frágil soledad
que quebraban sus pasos
subiendo la escalera,
decirle te quiero
con la boca cerrada
Y todas las cosas
que callaste por miedo.
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Por si tú regresabas
memoricé 18 canciones,
una guía de París,
otra de Roma,
107 versos tristes
e historias de Cronopios.
Por si alguna vez volvías
a pisar estas esquinas
escondí tres cuadernos en blanco,
el humo de doce cigarros
(del día en que te fuiste),
27 argumentos
(para no salir en tu busca),
ocho caracolas blancas,
127 amaneceres,
un amuleto indio,
la luz de cinco farolas negras,
y quieto
ingobernable,
como arena de reloj,
el tiempo para amarte.
(Y ahora no sé qué hacer
con todo este inventario
de excusas con tu nombre).
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Tus manos dibujando
pájaros en el aire,
una vela encendida,
el fuego en tus pupilas,
la luz bajo la puerta,
un tímido escalofrío,
la noche quieta,
este breve espacio
donde permanecemos
y el tiempo que golpea
envidioso
la ventana entreabierta.
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En esta noche tan desordenada
voy a atarme a tu espalda,
a los espacios que dejas fríos
bajo las sábanas,
al tacto impredecible de tus manos.
Déjame quedarme esta noche,
tal vez también la noche de mañana
y anudarme a tus pupilas,
soñar abismos,
intercambiar pasados,
vivir la irrealidad
prestada
en un hueco pequeño
de tus brazos.
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Él callaba.
Tejía caracolas
con el humo del cigarro.
Y callaba.
Yo intentaba explicarle
nuestro amor en palabras,
palabras como distancia,
verano o tormenta.
Pero sólo salieron peces
de su boca
(imagino que tenía
el alma ahogada en lágrimas).
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Por eso me pierdo en tu nombre
y lo voy desordenando
letra a letra,
miedo, cielo, digo, debo.
Por eso esa manía de devorar tu risa
y contar los lunares de tu espalda
como si fueran una constelación
y de ocultar mis ojos tras unas gafas grandes
y coger la lluvia con los dedos
de mi mano derecha
(entonces te decía que eran horas contigo,
tú nunca lo entendiste).
Por eso esta imagen quieta de ti
que se niega a dejarme
tu espacio
vacío.
Y tú en todas las orillas.
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Diré cosas inútiles,
absurdas,
sin sentido,
diré es tarde ya, qué tal ha ido el día
y tal vez reiré demasiado
con una risa terca y descarada.
Es posible que tú no sepas qué decirme
y me mires sin ojos
y pierdas las palabras
o busques adjetivos
para desordenarme.
Y puede ser que yo, sin pretenderlo,
comience a deslizarme
por la cálida pendiente
de tus versos.
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